lunes, 29 de octubre de 2007

Las Cosas Movedizas (suceso a Bobby)

Sí, aceptemos un grado de insensatez si pensamos que una cosa es siempre esa cosa, que un hecho será siempre un calco de sí mismo; sabemos que, en la litografía de esa casa erguida sola y blanca frente a Rembrandthaus, la mujer que lleva el cesto en el costado no es más que una mancha de tinta.
Solamente que la insensatez de pensar que las cosas son las cosas es la raíz, el ancla, el abrazo al mundo. Si no . . .

Bobby Dury, camarero del Pub Eastern Orchate, estaba allí cuando las palabras y los acontecimientos dejaron de ser exactamente ellos mismos. Hubo un temblor, como una fractura en el continuo espacio-tiempo. Bobby perdió una pinta de John Smith´s extrasuave que fue a parar a la moqueta azul marino. Se agachó para recoger la jarra pero, en realidad, se sorprendió soltando la escobilla del waterclose. Hubo un suavísimo y discreto ohhh entre los presentes, un ohhh colgando de boquitas de piñón pintadas de rouge y de varoniles y delgados labios con tupé. Quiso arreglar el estropicio: la culpable mancha que adornaba la moqueta como una isla sin vegetación en un mapa azul. Dios sabe que intentó fregar la mancha; torpe, insensata, pero sinceramente. Y, sin embargo, se encontró liberando del bisoñé el mondo cráneo de Sir Hugh Wrigley, cuyo monóculo también trazaba una petrificada O de sorpresa e indignación.
Bobby, infinitamente turbado, intentó proclamar su inocencia, quiso pedir perdón; pero, como las cosas no eran las cosas, ni las palabras querían decir exactamente lo mismo esa tarde lluviosa de Octubre en Buckinghamshire, su boca pronunció libre y fresca esta frase bajo sus horrorizados e indefensos ojos miopes:
-Que te den por el culo, Wrigley.

viernes, 26 de octubre de 2007

Toro, toro, torito


Sale al coso el tercero:

“Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es siempre lo mismo que dar la mano, que abrir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas.”

Primer párrafo para un relato corto, una vez finalicemos todos les digo el autor. Tengo ventaja pero intentaré no utilizarla.

Nota: Necesito más tiempo para mis comentarios, pero llegarán.

jueves, 25 de octubre de 2007

Queremos...

Queremos... ¡Comentarios! ¡Críticas! ¡Toritos! ¡Sangre! Ah, perdón, sangre no que no es circo romano.

viernes, 19 de octubre de 2007

Muerte de un buitre

Apareciste al fondo del camino y todo volvió a nacer contigo. Llevabas tu alma de hombre derrotado y la arrastrabas como un fardo a través del polvo, sin importarte nada ni nadie. Estabas tan solo que parecías el único hombre del mundo, y tus huellas caían al suelo ligeras, suaves, tan sólo apuntando tu presencia. Te seguí durante más tiempo del que recuerdo, concentrado tan sólo en el espacio que ibas dejando, y que yo recogía hasta volverte a colocar allí, en un recuerdo futuro.
Me fui quedando ciego. No me importaba. Sabía que si no fijaba la vista en ti, si mis pupilas no temblaban del esfuerzo al intentar enfocarte para siempre no recordaría nada. Los buitres nunca recuerdan nada. Finalmente, el esfuerzo había merecido la pena. Ya era ciego, pero en mi interior, agrupados bajo un confuso manto de colores aparecías tú, casi parado al pie de la loma, encorvado y sin saber qué hacer con los brazos, buscando algo que ya no sabías lo que era, algo más antiguo que el desierto y tu vieja alma.
Aunque ya no podía ver te podía seguir perfectamente. Desde que me quedé ciego comprendí que hablabamos el mismo lenguaje, que tú también has nacido para vivir con los muertos y no con los vivos. Tu naturaleza igual a la mía era mi brújula a través de un desierto inmaculado. Llegó un momento en el que no te sentí. Al principio pensé que el dolor intenso que laceraba mis ojos y que me había perseguido desde que me quedé ciego se había agudizado y había afectado a mis otros sentidos. Pero no, bajo mi cuello sentí tus huesudas manos aferrando mi cuello y resbalando entre sudor, carne y odio. Odio. Durante un tiempo no pude sentir nada a pesar de que seguía oyendo como intentabas que mi cuello crujiera y emitiese el chasquido final.
Estaba paralizado, notaba como tus palpitantes manos gritaban la palabra odio a través de mi cuerpo y el desierto mudo miraba para otro lado ante tanta miseria humana.
Tuve que reaccionar. Revolviéndome empecé a picotear alrededor encontrando arena y carne, abriendo heridas para intentar cerrar las mías. Logré zafarme de ti que caíste al suelo rígido de dolor.
No nos movimos durante días. Analicé tu posición exacta desde el ángulo en que me encontraba mientras le ponía tu recuerdo a mi ceguera.
Al final, las pisadas de un hombre nos sacaron del letargo. Cuando llegó a nuestra posición habló un tiempo contigo. Dejé vagar mi mirada ciega entre los sonidos.
Nuevas pisadas se llevaron al hombre. No me quedaba mucho tiempo antes de morir a manos de un extraño. En el timbre de tu voz detecté mentira. No importa ya. No has entendido nada. Tu naturaleza funde la vida a través de la muerte y no al revés. Como la mía. Concentrado en tu imagen y en el punto rojo que debía ser tu cabeza tomé impulso. Me lancé e incrusté mi pico en tu boca.
No concibo una muerte más hermosa. No para un buitre.

jueves, 18 de octubre de 2007

Carta hallada en la boca de un calvo muerto


Estimado Sr. Forense:

Cuando lea esta carta, probablemente habrá ya pasado por las manos del Sr. Policía, de la Sra. Periodista y del Sr. Juez. Por este orden. Quiero decir que su contenido habrá sido aireado con impunidad y parcialidad en libelos de prensa y coloquios de portera, en televisión y en radio, objeto de múltiples comentarios, interpretaciones y diatribas contra mí y, por extensión, contra mi especie.
Quizás mi modus
operandi le confunda, puesto que, efectivamente, soy un buitre. Pero, ¡ojo, muy señor mío! No me confunda con esos arrogantes accipítridos, que son buitres europeos, carroñeros arrogantes y fariseos. De esos que, con hipócrita gorgojeo, parecen esbozar una sonrisa picuda antes de asestar el ictus definitivo. Ellos sí matan (ceremonia plumífera del desplume) Así proceden, sí señor.
Y le digo que puede sentirse confundido si, como espero, reconoce que los de mi familia, los cathartidae, no asesinan, señor, sino que se alimentan de los ya muertos. ¡Yo soy un catartido! De toda la vida.
Y aquí está el meollo de la cuestión. Que, como personaje literario, he sido forzado a realizar este acto reprobable (“encajó su pico en mi boca”, “. . . vino y empezó a picotearme”) y profundamente asqueroso, hasta el punto en que se me ponen las plumas de punta. Y le digo, Sr. Forense, que el responsable primero de este acto deleznable e innecesariamente cruel, diría incluso que kafkiano, es un tal Franz Kafka, sobradamente conocido por sus escritos y sus orejas. La responsabilidad de este señor es mayor aún puesto que los catartidos habitamos exclusivamente en América, y América es novela escrita por este señor. Es decir, que él nos llevó a América. En concreto, en la segunda revisión de su manuscrito (que lamentablemente arrojó a las llamas y no pudo ser salvada de ellas por su amigo el señor Brod) me situó bajo el catre que ocupaba Delamarche en la negrísima habitación de la posada a la que llega Karl Rossman, ya en el Nuevo Mundo, con estas palabras: “Bajo el catre. . . bla bla bla. . . un apestoso saco de plumas mohosas infestadas de ácaros, irregularmente dispuestas alrededor de un cuerpo que se adivinaba esmirriado, magro como el de una perdiz, y seguramente maloliente” Y, para finalizar, añade: “Además, era calvo”.
Entenderá entonces, señor mío, que mi animal-aversión hacia este sujeto no solo es natural, sino que se justifica plenamente por su carácter extremadamente violento a la hora de pergeñar situaciones y personajes. Además, los buitres americanos no asesinamos, tan lejos estamos del carácter marrullero de los europeos. ¡Débil memoria la de Kafka que olvida que él nos trajo a América!
Así que reivindico mi inocencia. Si fui yo quien “encajó su pico” en la boca de alguien, no fue porque yo quisiera, sino que brotó de la atormentada pluma de ese señor conocido como Franz Kafka.

Afectuosamente suyo

Hermann

miércoles, 17 de octubre de 2007

El calvo

Estaba condenado, tal y como advertía su amenaza, a matar a aquel miserable al que estaba picoteando los pies. Empecé con el cráneo, él me intentó espantar, pude incluso oler un instinto suyo de matarme, pero ambos sabíamos que la puta bruja ya lo había decidido: él era la víctima y yo el asesino, esclavo de la fuerza bestial de ese bicho voraz en que me había convertido. Después de desgarrarle los zapatos y las medias, continué con sus pies hasta hacerlos pedazos. Conseguí, en un fútil intento de ganar tiempo, alzar el vuelo entre los ataques, pero nunca logré apartarme de él, tan solo moverme en círculos sobre su estúpida calva, hasta que la atracción volvía a dominarme. No sé de dónde salió un tipo con el que el calvo se puso a hablar, pero hallé que no podía comprender su lenguaje a causa de mi nueva condición. No era un simple estado de hipnosis, yo era ese bicho poderoso, presentía que, de algún modo, siempre lo había sido, y mi anterior humanidad no impedía que sintiera náuseas al verles hablar. Fingí comprender esos sonidos, tenues, casi pastosos, hasta que el otro hombre se fue. Sólo entonces sentí asco de mí mismo: Quería devorar a ese engendro flacucho; emitía un hedor ácido e intenso que excitaba más aún ese deseo. Volé un poco más lejos, retrocedí para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajé mi pico en su boca, profundamente. Cayó de espaldas, exhalando un grito ahogado que parecía, más que de dolor, de liberación. Hija de puta, pensé. En el calor de su sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, saciado y satisfecho, me abandoné.

martes, 16 de octubre de 2007

El Hombre que tenía a Marlene

(Releyendo la introducción del segundo torito, compruebo que la propuesta es escribir desde el punto de vista del buitre. Como soy un apresurado, me quedé con la idea de otro punto de vista, sin reparar en que la propuesta era sobre el buitre. En fin, disculpad que haya escrito desde el punto de vista del otro hombre. Estoy con lo del buitre. Ah! Debo el primer torito. No lo olvido. Abrazos inhumados)

Voy a casa.
Allí guardo un fusil semiautomático Mauser 98 de calibre 7, 92 mm entre jerséis de cuello alto y bolas de naftalina. La presencia simultánea de un buitre leonado (¡espléndido ejemplar!) y un hombre que está siendo devorado por ese fantástico pico grisáceo me perturba. He de decir que la conversación con el pobre infeliz me ha enternecido, ha despertado en mí sentimientos piadosos. El hombre me ha pedido que mate al animal.
Soy cristiano, y como tal he de compadecerme de mis congéneres y evitarles sufrimientos. Maldito buitre, animal del demonio. ¿Hay algo más innoble que roer carne y piel hasta llegar al hueso de otro ser, de otro miembro de la fauna que Dios creó? El Señor me pone ante esta prueba y yo, como un aprendiz de Abraham que ama a los de su especie, he de responder. Sí, soy el Elegido.
Aparto dos jerséis de lana y una rebeca gruesa con botones de hueso. Tomo un estuche alargado, negro, de poliuretano reforzado con cierres de acero. Es pesado. Sobre la cama, lo abro. Aparece Marlene, mi amado Mauser, regalo de mi abuelo paterno, que luchó con la Legión Cóndor en el frente ruso. Guardados en un paño tengo tres cartuchos. Éste. Con uno valdrá.
Me siento indignado. Nuestro Señor murió en medio de atroces dolores, y sé que debería haber incorporado ya este hecho como bandera y aceptación de la naturaleza humana. Debería saber que el dolor es bueno, porque es enviado por el Señor para escarnio de nuestras culpas y oportunidad de enmienda. Sin embargo, el dolor de este hombre despierta en mí la misma piedad que inundó los actos del Cristo.
Por eso vuelvo con mi fusil. Para ejercer la justicia divina.
El animal revolotea en torpes saltitos alrededor del gimoteante pecador, buscando el ángulo más adecuado para asestar, quizás, un golpe final y definitivo.
Abro el cerrojo de Marlene, que me sonríe con sus labios rojos y húmedos
(como tu temblorosa vagina)
en la cinta metálica del cargador, donde está el resorte de muelle, coloco el cartucho
(dentro de ti, mi adorada Marlene)
y empujo el peine en el interior del cargador. Clac.
(maldito animal, párate quieto, por el amor de Dios)
Justo antes de que el buitre despreciable hunda su férreo pico gris en el gaznate de ese hombre, aprieto el gatillo.
La cabeza estalla en pedazos de hueso blanquecino, salpicando el entorno de sesos, sangre, pelo y un líquido semiopaco, turbio. El buitre escapa a un rincón y allí queda, mirándome cauteloso y tímido.
Conforme me alejo, siento que el buitre se acerca al cadáver de Franz Kafka, porque oigo sus torpes saltitos y huelo el polvo de sus plumas.